HOMILÍA DEL DÍA, JUEVES 30 DE ABRIL- Por P. David Halm

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EVANGELIO DE SAN JUAN 6, 44-51

San Agustín predicó “Por medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su cuerpo y su sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados. Si lo han recibido dignamente, ustedes son eso mismo que han recibido.” Él reconocía la verdad y lo lógico de lo que dijo Jesús en este momento que oímos hoy: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.”

 Jesús no propone que la Eucaristía sea un medicamento o pastilla que va a prevenir la muerte o el dolor. Medicamentos y pastillas, son tan importante obviamente en nuestra salud, pero son productos creados. Entran en nuestro cuerpo, hace algo, pero no nos convierten ser ese producto. Pero, la Eucaristía no es creada, es el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo, Cristo que es resucitado y vive para siempre. Como nos dice Jesús, Él es el pan vivo y nosotros que comamos de ese pan viviremos para siempre. Es decir, nos convertimos de personas que mueren a personas que viven para siempre, con la vida eterna, como Jesús. Agustín reconocía que se implica que la recepción de Jesús en la Eucaristía nos cambia a Él, quien es la Vida y el pan vivo.

Aunque nos parece obvio eso, como católicos, es un misterio divino por que no es razonable por la ley natural. Cuando comemos algo es la comida que convierte: a energía. La comida que se convierte en mi cuerpo a energía, no me convierte a ser sólo esa comida (aunque la coma mucho!!) Pero con la recepción de la Eucaristía, somos lo que comemos, lo que recibimos: miembros del Cuerpo de Cristo. Que esta verdad nos alegre y nos recuerde que vemos en la persona de cada católico y cada pobre del mundo otros Cristos.

P. David Halm

Foto: cathopic.com 

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